LA ESCALADA DEL CONFLICTO EN SUDAMÉRICA ¿HASTA DÓNDE PUEDEN LLEGAR?
04:47 PM
En la región, actualmente se encuentran en desarrollo, entre otros dos conflictos interestatales, que de no mediar la diplomacia, pueden llegar a escalar hasta la guerra, fundamentalmente debido a que existen antecedentes políticos e históricos que los hacen de difícil solución.
De acuerdo con un estudio realizado durante tres años por “The Carnegie Commission on Preventig Deadly Conflict”, entre los factores y las condiciones que pueden conducir a una sociedad a la guerra son:
Estado débil, desintegrado o corrupto.
Regímenes represivos o ilegítimos.
Discriminación contra ciertos grupos sociales y/o étnicos.
Manejo inadecuado de las diferencias religiosas, culturales o étnicas.
Comunidades religiosas políticamente activas que promueven mensajes hostiles y disgregantes.
Legado político y económico del colonialismo y/o Guerra Fría.
Cambios políticos y económicos repentinos.
Alto índice de analfabetismo y enfermedades.
Depósitos de armas y municiones
Amenaza en las relaciones regionales.
El estudio, también menciona que “cuando las diferencias permanentes son explotadas por políticos demagogos, esta actividad favorece la escalada de la violencia.
Actualmente, si damos una mirada al panorama latinoamericano, la realidad nos demuestra que varios de éstos signos se están encubando en la región, lo que tarde o temprano pueden llevar a la declaración de conflictos armados interestatales.
Es así como vemos por ejemplo, que la escalada del conflicto entre Venezuela y Colombia, así como entre Chile y Perú, han ido creciendo en forma significativa.
En el primero de ellos, entre Venezuela y Colombia el conflicto, ha llegado al área fronteriza. El general de División Eusebio Aguero, comandante de la Segunda División de Infantería, confirmó en una rueda de prensa la voladura de dos vías de comunicación entre Venezuela y Colombia. Aguero se refirió a ambas estructuras como pasos peatonales -no como puentes- que no figuran en los acuerdos internacionales, a través de los cuales, afirmó, fluye el narcotráfico, los paramilitares y el contrabando de gasolina. El comandante aseguró que era una decisión soberana del estado venezolano y no descartó la voladura de otras construcciones similares. Por su parte, Colombia denunció que oficiales del Ejército venezolano habían volado dos puentes que unen al municipio Rafael Urdaneta, en el estado Táchira, y la población de Ragonvalia, en el departamento del Norte de Santander. La embajada de Colombia en Caracas no hará ningún pronunciamiento, según confirmaron fuentes diplomáticas. Cualquier reclamo, dijeron, se tramitará a través de la cancillería colombiana con los organismos multilaterales. Bogotá ha preferido no revolver aún más las aguas. El gobierno de Venezuela, en cambio, ha optado por avivar la polémica tras reconocer la voladura de los dos puentes rudimentarios. “La denuncia internacional que prepara Colombia contra Venezuela es una provocación y una manipulación de sus autoridades”, aseguró el vicepresidente Ramón Carrizales, quien además criticó nuevamente el acuerdo militar del país vecino con Estados Unidos. “Ellos tienen una base militar yanqui y están tratando de ocultar su realidad: que entregaron la soberanía de su país y eso amenaza la integridad territorial de todos los países de Latinoamérica”
El ex presidente Ernesto Samper ha puesto en duda que la decisión del Gobierno de trasladar a la ONU y la OEA las “amenazas de guerra” del mandatario venezolano, Hugo Chávez, vaya a solucionar el enfrentamiento.
Lo único que va a hacer es llevar “a un terreno diplomático la escalada del conflicto, sin que realmente se vaya a avanzar mucho en su solución”, “Simplemente vamos a asistir ahora a unos debates multilaterales en los cuales se acusará a Venezuela, país que se defenderá, habrá aliados a favor y en contra de Colombia y Venezuela sin que hayamos avanzado absolutamente nada en la resolución del conflicto.
El otro conflicto, que esta escalando es Chile–Perú, las relaciones diplomáticas entre ambos países han alcanzado su punto más álgido en mucho tiempo, tras el estallido del caso del supuesto espionaje de Chile al Perú. El conflicto se originó el luego de que se filtrara a la prensa información sobre la captura del técnico inspector de la Fuerza Aérea Peruana (FAP), Víctor Ariza. A raíz del impasse suscitado, el presidente Alan García adelantó su retorno de la cumbre del APEC en Singapur, canceló la reunión que iba a sostener en dicho país con la presidenta Bachelet y llamó a consulta al embajador de Perú en Santiago. Poco después de aterrizar en Lima, García convoco al Consejo de Seguridad Nacional en Palacio de Gobierno. Finalizada la reunión, el jefe de Estado leyó un comunicado en el que se refirió en términos muy duros a la parte chilena. Señaló, entre otras cosas, que los perpetradores de “esta ofensa que se hace a la soberanía del Perú […] conservan las costumbres dictatoriales y pinochetistas en la relación de Chile con sus vecinos”. Con respecto a las razones por las que Chile espiaba al Perú, García indicó que se debía al “complejo de quienes ven con temor el crecimiento del Perú, su desarrollo democrático y económico”.
Chile, por su parte, dice que revisará con “serenidad” las pruebas presentadas por Perú, pero niega el espionaje. Perú amenazó con revisar sus relaciones con Chile si Santiago no investiga el supuesto caso de espionaje contra su país. Diputados y senadores chilenos han señalado que Perú intenta hacer parecer a su país como beligerante, como estrategia de cara a la causa que verá el tribunal en Holanda, por su parte congresistas peruanos solicitan la revisión del Tratado libre Comercio entre ambos países.
Cada vez que se suscita una de esas crisis periódicas entre Santiago y Lima, los comunicados de los gobiernos y las opiniones de los políticos suelen estar enfocadas en obtener, ante todo, el favor de la opinión pública.
De hecho, para algunos analistas, la motivación de Perú para la escalada de la controversia podría ser principalmente interna, con un García que se enfrenta a una caída en su popularidad y escándalos de corrupción y la presión de las FF.AA. por reequiparse, lo que se les hace difícil con un mandatario que a diestra y siniestra predica el fin del armamentismo en la región, con lo cual, a través de la estrategia del espía, justificará posteriormente la compra de armamento para su país.
Lo cierto es, que la persistencia de las causas subyacentes de estos conflictos en desarrollo, si no se tratan las raíces profundas del problema, los esfuerzos de reconstrucción de relaciones perdurables, están condenados a ser simplemente cosméticas, y podrán detenerse las escaladas, pero los conflictos continuaran latentes entre los Estados involucrados y por ende, la paz no asegurada.
El problema, es que conflicto armado puede desarrollarse rápidamente si muchas personas piensan no sólo que es un medio legítimo sino el único para garantizar las necesidades básicas y solucionar sus problemas internos. En otras palabras, la gente piensa que vive una situación injusta y que debe rectificarla con las armas. Sin embargo, muchas personas no toman este tipo de decisión de manera espontánea. En realidad, se movilizan políticamente, medida que los dirigentes se granjean su simpatía y su convencimiento, su lealtad y su compromiso. Y luego se les persuade y se les exhorta a guerrear. Por consiguiente, ningún análisis adecuado del conflicto violento y de su escalada o recaída puede soslayar la dimensión política, aunque algunos crean que sólo con el intercambio económico se solucionan los problemas interestales.
Si bien las teorías de las ciencias sociales tienen una visión de largo plazo, en la política predomina el cortoplacismo. Por tanto, todo intento por comprender al conflicto, especialmente si se transforma en armado, como fenómeno global debe abarcar la amplia realidad socioeconómica; pero los esfuerzos de análisis de un conflicto armado concreto deben centrarse en la política y en las acciones de individuos y organizaciones concretas, y en ambos conflictos están a la vista los actores y sus motivaciones.
Otro factor a tener en cuenta en el análisis, y que hace más difícil la solución, especialmente en el caso peruano, es la existencia del nacionalismo, que es una ideología política que reivindica la congruencia territorial entre estado y nación. Pero es algo más también: es una compleja reacción social, cultural, intelectual y emocional frente a la desestabilización socioeconómica y política de la cual culpan a Chile.
La desestabilización social que estos enormes y ciegos procesos históricos pueden producir, no sólo generan condiciones de intensas rivalidades de poder entre las distintas facciones de las élites sociales y políticas, sino que pueden también conducir a amplias capas de la población a una situación de profunda inseguridad e incertidumbre. Los efectos de tales cambios históricos sobre las vidas individuales son arbitrarios, frecuentemente devastadores, y difíciles de entender. En tales circunstancias, para muchas personas comunes, la reivindicación de la identidad de grupo se torna atractiva, siendo tal vez lo único que les ayuda a darle cierto sentido a lo que les está ocurriendo.
Por consiguiente, sean cual sean los temas controvertidos, en un conflicto que surge de cambios y desestabilización tan grandes, los dirigente políticos tendrán mayores posibilidades de movilizar a sus correligionarios si presentan las cosas como una batalla por la identidad, orgullo y justicia nacional, como lo hacen Chávez y García.
La tragedia es que, una vez puesta la máscara nacionalista, es muy difícil quitarla. Cuando el renacimiento del sentimiento de grupo coagula en torno al resentimiento y las quejas, sobre todo en tiempos de crisis o guerra, parece producir odios irreconciliables y conflictos prolongados y frecuentemente cíclicos. La creencia en la causa es estar convencido de su razón y justicia.
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