HAITÍ HOY, LA REALIDAD TRAS LA SOLIDARIDAD INTERNACIONAL
08:32 AMMuchos países se mostraron ganosos de ayudar a Haití luego de terremoto que destruyo ese país hace seis meses atrás, sin embargo esas ganas e entusiasmo demostrado, en mucho de los casos, se ha ido diluyendo con el tiempo y en otros no paso más allá de encendidos discursos humanitarios.
Lo cierto es que, el mundo y sus organizaciones son menos de lo que demuestran y lo que es peor el uso y abuso político que muchos hacen de ellas es evidente, aun acosta del engaño internacional respecto a las buenas obras que dicen realizar.
Recordemos, que en el terremoto ocurrido el 12 de enero más de 222.570 personas murieron, 300.572 resultaron heridas y hubo un momento en que la asombrosa cifra de 2,3 millones de personas -casi un cuarto de la población- se vio desplazadas.
El gobierno perdió miles de funcionarios públicos y la mayor parte de su infraestructura clave quedó destruida, en síntesis un caos total, como ninguna nación antes lo había sufrido.
Ante esta situación, representantes de 136 países acudieron a la Conferencia de Donantes Internacionales de alto nivel en New York el 31 de marzo, lo que parecía una buena noticia para Haití. La conferencia, organizada conjuntamente por los Estados Unidos y la ONU, obtuvo compromisos de grandes sumas de dinero de los donantes y pidió una mayor coordinación con el gobierno haitiano, a cargo de dirigir los esfuerzos. En total, los estados donantes se comprometieron públicamente con 9,5 mil millones dólares que se desembolsarán durante los próximos diez años.
Sin embargo, transcurrido 4 meses desde el anuncio, a la fecha sólo han recibido el 2% de lo prometido y la situación del pueblo haitiano continua crítica, hoy hay haitianos muriendo de hambre, enfermedades y los más trágico sin esperanzas. Los llamamientos de las autoridades haitianas para recibir la ayuda prometida son de cada día, y acusan que el gobierno no ha recibido el dinero prometido por los donantes, necesario para salvar a sus habitantes y satisfacer sus necesidades mínimas como lo son alimentación, agua potable y abrigo.
En marzo, el gobierno haitiano publicó un estudio preliminar de daños y análisis de necesidades, que estimó el costo de la reconstrucción del país sería de US$11.500 millones, distribuidos en gobernabilidad, medio ambiente, sectores sociales, infraestructura y producción. La idea era mejorar la salud, la educación y la infraestructura en general del país que era caótica ya antes del terremoto.
Lo cierto es que los servicios básicos como agua potable, comida, servicios médicos y escuelas siguen siendo un lujo en Haití. Seis meses después del desastre, parece que el terremoto hubiera ocurrido ayer. Los haitianos siguen a la espera de la ayuda prometida por el mundo.
En la conferencia del 31 de marzo del 2010, el enviado especial de las Naciones Unidas Bill Clinton reconoció públicamente su propio fracaso para recolectar el dinero prometido en el pasado, e hizo hincapié en la importancia del cumplimiento de los compromisos internacionales, lo que a la luz de lo que está sucediendo sigue igual.
Lo cierto es que, a pesar de todas las buenas intenciones de los donantes en la Conferencia, la historia reciente de ayuda a Haití plantea serias interrogantes sobre si las medidas de los donantes y los millones de dólares detrás de ellos se traducirán en una mejora significativa en las vidas de la mayoría de los haitianos. Los medios y los mecanismos existentes para la prestación de asistencia están muy por detrás de la retórica. La complejidad de la situación real en el terreno de los hechos y los intereses a menudo contradictorios que participan en el establecimiento de proyectos de desarrollo después de los desastres hace difícil romper con los viejos hábitos.
Todavía quedan más de 1.300 campamentos de refugiados, que alojan a 1,5 millones de personas. La magnitud de la devastación de Haití demanda que las acciones de los donantes estén de acuerdo con su retórica; están en juego los derechos de las personas así como las formas más básicas de las necesidades humanas—acceso al alimento, agua limpia para beber y una calidad de vida decente.
Por desgracia, abundan los ejemplos de obstáculos a la solidaridad debido a posiciones políticas e ideológicas que, en la práctica, impiden o limitan que se haga realidad la solidaridad. Son éstas, actitudes y políticas que ignoran o niegan la igualdad fundamental y la dignidad de la persona humana.
Esta es la gran tragedia, no haitiana, sino del mundo desarrollado, ese que vive con todo lo necesario y sobrantes. La tragedia es la gravísima insensibilidad y desinterés por las necesidades de países enteros o regiones que mueren de hambre, insalubridad elemental y enfermedades curables.
Sí, la tragedia no es la de Haití u otras naciones, esta volverá por causas naturales sísmicas o de origen climático, como huracanes o marejadas, fríos o calores intensos o grandes sequías. La tragedia es la insensibilidad de los gobiernos y las poblaciones civiles que viven en la abundancia ante la miseria de millones de personas abandonadas a su suerte.
En la homilía de la misa del 1 de enero de 1987, Jornada Mundial de la Paz, Juan Pablo II pidió la construcción de un «nuevo orden internacional», «que sea capaz de dar soluciones adecuadas a los problemas de hoy, fundadas en la dignidad de la persona humana, en un desarrollo integral de la sociedad, en la solidaridad entre los países ricos y los países pobres, en la capacidad para compartir los recursos y los extraordinarios resultados del progreso científico y técnico».
Si a partir de esta desesperante falta de agua, alimento, medicinas y techo que sufre Haití estas semanas, no se organiza el mundo desarrollado o en vías de desarrollo para ayudarle realmente, con acciones concretas, a superar su estado de miseria en forma permanente, habrá triunfado de nuevo el egoísmo sobre la solidaridad más elemental.
Si algo podemos hacer, personal o institucionalmente, hagámoslo; pero al menos, quienes sí estamos preocupados por la miseria injusta, por el atraso estructural de países y regiones, pidamos al Señor que mueva los corazones egoístas, no sólo de momento, sino permanentemente, para ayudarles a superar su pobreza.

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