AMERICA LATINA DEBERÍA APRENDER DEL BUEN USO DEL CONOCIMIENTO DE LOS MILITARES, QUE LOS ESTADOS UNIDOS HACEN DEL MUNDO MILITAR RESPECTO A SU POLÍTICA EXTERIOR.

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El Presidente de Costa Rica, Oscar Arias aseguro que el golpe de estado en Honduras evidencio el riesgo de contar con autoridades militares poderosas en países donde la autoridades civiles son débiles, sin dudas que esta aseveración esta sesgada por la historia militar latinoamericana. Los políticos latinoamericanos, se caracterizan por una desconfianza hacia los militares de sus respectivos países, no dándoles credibilidad y por ende espacio, para asesorar en asuntos atingentes a la política exterior de sus respectivos Estados. Sin dudas esto es motivado por la injerencia en política contingente que han tenido, especialmente a fines del siglo XX, algunas FF.AA., en sus respectivos procesos políticos a través de la historia, aunque, normalmente, ellos se han debido al abuso del poder que han hecho algunos gobernantes latinoamericanos, que se sienten verdaderos “dueños” de sus países una vez elegidos democráticamente, pasando por sobre la propia institucionalidad y no respetando a las instituciones permanentes de sus respectivas repúblicas.
Pero, en EE.UU país donde la democracia se ejerce con mayor fuerza, vemos otra realidad, el aparato de política exterior comprende las fuerzas armadas, la CIA, la Agencia Nacional de Seguridad, el departamento de Estado y segmentos esenciales de otros departamentos gubernamentales, cada uno de ellos con una inercia constitucional considerable y controlado por profesionales experimentados que han visto entrar y salir a muchos presidentes. El Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca se encarga de coordinar este agregado, a menudo caótico, de intereses burocráticos contrapuestos, cuyos conflictos se acentúan por la ocupación de algunas partes del sistema por individuos de gran poder o grupos de presión extra gubernamentales.
Todo el proceso considera la participación de los mandos supremos de las fuerzas armadas a la hora de dirigir la política exterior –lo que no ocurre prácticamente en ningún país latinoamericano–. No sólo el presidente y los distintos jefes de la Junta de Jefes de Estado Mayor, sino también los comandantes regionales en el extranjero suelen ser tan influyentes a la hora de determinar su rumbo como los representantes civiles que teóricamente son sus responsables. Esto tiene una ventaja, los oficiales superiores son educados y reflexivos, han adquirido gracias a la doctrina el sentido de la proporción en el comportamiento en la política y en la guerra, y suelen ser mucho más profundos desde el punto de vista moral que muchos de sus compañeros civiles. Ello porque la mayoría de ellos han entrado en combate y conocen el precio que tienen las acciones militares, algo que muchos parecen no apreciar lo suficiente.
Como senador, el actual presidente Obama tenía una buena perspectiva desde la que podía observar a todas estas personas y todos estos procesos. Cuando era estudiante de historia de Estados Unidos, seguramente leyó suficientes biografías de presidentes como para aprender que los presidentes modernos, a partir de Franklin Roosevelt, han tenido que luchar contra el sistema y a menudo también contra sus más cercanos asesores (el caso tanto de Kennedy como de Johnson). Los lectores de las memorias de Kissinger recordarán la hostilidad de Nixon hacia el gobierno permanente. Los nombramientos más importantes del actual presidente fueron, por tanto, instructivos. Su primer paso fue pedirle a Robert Gates que siguiera siendo secretario de Defensa. Gates es un ex director de la CIA (era un experto en la antigua Unión Soviética) al que George W. Bush llamó a Washington para sustituir a Rumsfeld. Se le atribuye el mérito, junto a la ex secretaria de Estado Condoleezza Rice y a otros funcionarios y militares de alto nivel, de haber persuadido a Bush de que no permitiese que Israel atacase Irán. Junto al almirante Mullen, el militar de más alto rango, advirtió sobre los riesgos de apurar los límites de la capacidad militar del país y, junto al almirante, defendió públicamente los usos positivos de la diplomacia. Piensa que el departamento de Estado debería tener más fondos, una concesión implícita a los que opinan que las fuerzas armadas han usurpado funciones que no les corresponden. No está claro cuánto tiempo permanecerá en el cargo. El que se le haya mantenido en el puesto resulta ambiguo y puede que fuera ése el propósito. Es una recompensa por su moderación y un gesto hacia el gobierno permanente.
Otro ejemplo, el presidente Obama, ha nombrado a dos comandantes militares jubilados para ocupar puestos que podrían haber ocupado civiles. El general James Jones, ex comandante de la Marina estadounidense y de la OTAN y ex combatiente de Vietnam, es su asesor de Seguridad Nacional. Fue al colegio en Francia y se licenció en Georgetown, la universidad jesuita. Se le considera un tecnócrata desapasionado. El almirante Dennis Blair es el director del servicio secreto nacional, el responsable de coordinar el trabajo de las diferentes agencias de espionaje. Blair fue comandante de la flota del Pacífico y no siempre se mostró puntilloso a la hora de cumplir órdenes con las que no estaba de acuerdo. El director de la CIA, a sus órdenes, es el ex congresista Leon Panetta, que también fue jefe de personal con Bill Clinton. Como abogado, aporta sensibilidad política a una organización que no siempre se ha distinguido por poseerla.
Sin dudas, que utilizar militares experimentados como asesores en la política exterior sería un beneficio, que incluso permitiría mejorar la gestión, especialmente si se tiene en cuenta que muchas veces en Latinoamérica las relaciones inter FF.AA., están en mejor pie de desarrollo, que las relaciones diplomáticas entre los mismos Estados a las que representan.
Lo cierto que esta desconfianza, resta potencialidad al manejo de la política exterior de los Estados Latinoamericanos, el liderazgo estratégico que tiene el militar profesional ha ido desarrollando con el tiempo un carácter político más explicito. En este sentido según Morris Janowitz, la palabra política tiene dos sentidos: uno interno y otro externo. En el nivel interno, políticas son las actividades de la institución militar para influir en las decisiones legislativas y administrativas sobre políticas y asuntos de seguridad nacional. En el nivel externo, políticas son las consecuencias de las acciones militares sobre el equilibrio internacional de poder y sobre la conducta de las demás naciones.
Lo cierto, que es deseable en los Estados modernos contar con asesores militares en sus ministerios de relaciones exteriores y utilizar la experiencia internacional que tienen hoy día los militares, producto de la globalización de funciones de seguridad y defensa, como son las misiones de paz.


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