LA IZQUIERDA EN SUDAMÉRICA, ¿UNA NUEVA VISIÓN O UNA REGRESIÓN?

Durante los dos últimos años se ha debatido con intensidad la llegada al poder, en América Latina, de partidos y líderes de izquierdas. Partimos de un supuesto que el término de «izquierdas» está moralmente caduco y no siempre refleja adecuadamente su ideología y práctica política real.
Funes, que ganó las elecciones postulado por la otrora guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), se convertirá en el primer mandatario de izquierda en El Salvador a partir del primero de junio y deberá enfrentar los temores de los sectores conservadores de la sociedad. La campaña por la presidencia en el Salvador, estuvo definida por la siembra del miedo entre la población: a perder puestos de trabajo, a la implantación del comunismo, a Fidel Castro y, sobre todo, a que se implante un gobierno como el del venezolano Hugo Chávez. A esto, Mauricio Funes, candidato ganador, respondió siempre, que no tiene nada en común con el socialismo de Chávez, que se orienta más bien a las posturas del presidente brasileño Luiz Inácio da Silva.
Los estudiosos más serenos de la región, empeñados en calmar los ánimos, insisten en que la diversidad de esas izquierdas hace virtualmente imposible la conformación de un bloque subcontinental contra la hegemonía de Estados Unidos y, mucho menos, contra la democracia representativa y la economía de mercado: dos plataformas institucionales que la mayoría de esos partidos y líderes comparte. Piensan que si políticos como Lula, en Brasil; Bachelet en Chile, López Obrador en México, y Alan García en Perú se alinean a una izquierda moderada, dispuesta a preservar las instituciones de la democracia y el mercado y a negociar respetuosamente la vecindad con Estados Unidos, arrastrarían hacia esa corriente a otros gobiernos, como los de Kirchner, en Argentina; Vázquez, en Uruguay, o Torrijos, en Panamá, y contendrían al polo más radical y desestabilizador, personificado por Castro, Chávez, Morales; Correa, Ortega y Lugo.
En el continente, vemos que hay dos izquierdas, la tradicional marxista, que representa Castro, Chávez, Morales, Correa y Ortega y la moderada que representa Lula, Bachelet,García, Kirchner y ahora al parecer Funes.
Los primeros, están empeñados en seguir el ejemplo de Castro y mantenerse en el poder indefinidamente, para ello con la asesoría española, están cambiando sus Constituciones de tal forma que les permita conformar una “dictadura democrática”, por decirlo de alguna forma.
Dentro de este panorama parece que en la corriente general de la “deriva a la izquierda” en América Latina se están formando dos tendencias. La primera va dirigida al desarrollo de una política estatal de orientación social, con reducción de la pobreza extrema y elevación del nivel de vida de la población; la segunda conduce gradualmente a la radicalización de los regímenes políticos transformando la idea del bienestar del pueblo en un instrumento de lucha política de cara al interior y al exterior del país.
La diversidad ideológica de América Latina puede preservar el equilibrio en la región y que las nuevas izquierdas, aunque retomen valores y prácticas de los viejos populismos, restablezcan la centralidad del Estado en áreas estratégicas, incrementen el gasto público y hasta ejerzan proteccionismos y subsidios, no regresarán al modelo de sustitución de importaciones ni degenerarán hacia la economía planificada del comunismo.
Sin embargo, en la política internacional, las nuevas izquierdas latinoamericanas pueden jugar un papel retardatario en la universalización de la democracia y el respeto a los derechos humanos. Especialmente en un punto, el de la persistencia del totalitarismo cubano, esas izquierdas parecen estar negadas a expresar públicamente, siquiera, sus discordancias con un régimen de partido único, como el que desde hace 50 años subsiste en la isla, que encarcela a opositores pacíficos y penaliza la libertad de asociación y expresión.
En Venezuela, ya Chávez se encuentra en ese proceso, no ha respetado la Constitución, modificándola para obtener el poder total, no ha respetado propiedad privada y la libertad de expresión, se ha declarado enemigo de EE.UU., ha cerrado medios de comunicación, persigue opositores, expropian empresas e irrespetan libertades. Por el mismo camino lo sigue Evo Morales, y por el momento en menor medida, Ortega, Correa y los otros de su línea.
Para algunos analistas, modelo implementado por Chávez se puede dar el caso del reciente presidente elegido en el Salvador: tomar el control de posiciones estratégicas como el Ministerio de Gobernación y las instituciones de trabajo social territorial para fortalecer su organización partidaria; de la Policía Nacional Civil para transformarla en un cuerpo ideológico; del Organismo de Inteligencia del Estado para convertirlo en una estructura de guerra política con el apoyo cubano; del Ministerio de Relaciones Exteriores para alinear al país con Chávez; y del Ministerio de Educación para adoctrinar a gran escala a maestros y jóvenes. En el Ministerio de Hacienda, la Superintendencia del Sistema Financiero y la Corte de Cuentas tomarían puestos claves para obtener información. Ampliarían su poder sobre el Tribunal Supremo Electoral, comprando con petrodólares al tercer partido; y continuarían su labor de penetración y reclutamiento sobre el Poder Judicial. A la Fuerza Armada la infiltrarían y depurarían para controlarla. En síntesis, ampliarían su fuerza de lucha callejera y le garantizarían impunidad, todo esto lo combinarían con capacidad para neutralizar, chantajear y amenazar a empresarios, opositores, periodistas e incluso al propio Funes y sus amigos. Una vez teniendo ese poder podrían hacer lo que quieran con la economía, la política y la prensa. Lo anterior no es una especulación, es el modelo bolivariano de poder.
Lo cierto es que, las reformas radicales del sistema de administración del Estado, como las que procuran realizar Chávez y, con menos éxito, otros como Morales, conducen inevitablemente a la intensificación de las tendencias autoritarias, lo cual a su vez favorece el reforzamiento de la oposición interior y perjudica la imagen internacional de estos países. Se crea así un círculo vicioso, ya que en el marco de los sistemas de democracia representativa tal como ésta existe en América Latina, es poco probable que se pueda llevar a cabo reformas reales. Para ello se requiere una cultura política inspirada en la tolerancia y la búsqueda de compromisos, de la que al menos los líderes arriba mencionados no hacen alarde.
Lo importante es que en política interna, los gobiernos latinoamericanos, no importando que ideología, solucionen la pobreza, la delincuencia, la proliferación de la droga, y en general aseguren el bienestar de sus habitantes.
Lo cierto que hasta ahora, las izquierdas gobernantes, moderadas o no, no han podido solucionar severos problemas sociales en materia de salud, educación, desarrollo social y seguridad.
En el orden internacional, Latino América necesita de unidad, para enfrentar las crisis, no sólo económica actual, sino que otras que se vislumbran como la crisis energética, del agua, de alimentos y climática, todas aquellas que según los estudios golpearán fuertemente a los habitantes del continente.
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